Recordatorios.
Una vez, en un lugar bastante alejado de la ciudad, la ciudad principal de un país (uruguay bah ), se encontraron una mujer y otra mujer también. Y pensaron entonces juntas, ligadas por un abrazo, que sería bueno darse un beso para el deleite de los presentes en aquella tarde de domingo otoñal.
La más atrevida, tomó a su compañera de los brazos, y los enredó con los suyos. La besó hasta las cinco y media de la tarde ( serían las cuatro y media, así que fue una hora) sin dejar de sentir su perfume por un segundo.
La gente se fue retirando a medida que los besos se volvían más ajenos y más propios de las muchachas. Aparte otra cosa, si no te tomás el ómnibus a esa hora, después viene hasta las manos y es todo un problema. Más si andás con frascos con jugolín, bolsos, y ni te digo si venís de cumpleaños que los niños se quieren traer un globo.
La menos atrevida de las muchachas le tocaba mucho el orto a la primera. Ya estaban solas y de noche.
La plaza se había vuelto triste y pérdida. No para ellas, claro. En una baldosa, juntaban sudores, perfumes, unas pestañas espejadas, dos sacos de lana rojos idénticos.
Se iban a quedar ahí, igual que los árboles, la fuente, el agua amarilla, y tres focos de luz.
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